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CARPINCHO

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Carpincho

Es el más grande de los roedores que habita en varias regiones de América del Sur. Por su pelo duro, medio cerdoso y la forma general del cuerpo, tiene cierta similitud con el cerdo doméstico. Este animal vive en la orilla de los ríos, lagunas y bañados, en cuyas aguas se zambullen rápidamente cuando les amenaza algún peligro, pues son muy perseguidos por los tigres y los cazadores; éstos últimos no sólo estiman su carne sino también su piel, para cuya venta encuentran siempre fácil mercado.
Las principales características de estos animales son: cabeza regular, orejas chicas, cuello corto, ojos redondos y más bien pequeños; hocico redondo, patas cortas, incisivos cortos y grandes, carece de cola y se alimenta de vegetales.

 

El marco natural

Dentro de la vasta área de distribución del carpincho -que abarca Panamá, Colombia, noreste de Perú, parte de Bolivia,
Venezuela, Brasil, Uruguay, Paraguay y noreste y este de Argentina-, sus hábitat más característicos son las sabanas, las selvas húmedas y de galería, las selvas de hojas caducas y las cuencas de ríos y pantanos. Siempre se trata de zonas cercanas al agua y provistas de vegetación capaz de proporcionarle alimento y también refugio, ya que esta especie no construye albergues ni excava túneles sino que aprovecha los refugios naturales, incluso en el período de la reproducción.
Refiriéndose a los carpinchos de Venezuela -hasta ahora los mejor estudiados-, Ojasti caracteriza así los diferentes hábitats
que los albergan:
-selvas en galería, donde la vegetación cerrada brinda excelente refugio, pero con la desventaja de la escasez de hierbas, lo que obliga al animal a salir a la sabana próxima e incluso a emigrar a ella en épocas de lluvia. 
-orillas de lagunas permanentes en medio de un bosque, hábitat que tampoco es óptimo ya que el principal alimento
disponible es sólo vegetación acuática;
-arroyos anegados y esteros con vegetación acuática, que sirven de  refugio pero únicamente proporcionan alimentación de emergencia;
-esteros rodeados de sabanas, muy frecuentados por los carpinchos aunque carecen de abrigo natural, salvo algunos grupos
dispersos de árboles;
-matorrales espinosos a orillas de aguadas, que además de permitir la cómoda obtención de alimento ofrecen muy buen
refugio.

Una especie apacible
Por la mañana descansa. Lo hace preferentemente a la sombra, sobre el vientre, con la cabeza levantada del suelo o apoyada en las patas delanteras. Así lo describe Darwin cuando, en 1832, visita Maldonado (Uruguay):
"Durante el día están tendidos entre las plantas acuáticas o van tranquilamente a pacer la hierba de la llanura. Vistos desde cierta distancia su paso y su color les hace parecerse a los cerdos; pero cuando están sentados, vigilando con atención todo lo que pasa, vuelven a adquirir el aspecto de sus congéneres los cavias y los conejos. La gran longitud de su maxilar les da una apariencia cómica cuando se les ve de frente o de perfil".
Hacia el mediodía, cuando aumenta el calor, se sumerge en el agua hasta regular la temperatura de¡ cuerpo y combatir, de paso, los parásitos externos.
A mitad de la tarde y hasta las primeras horas de la noche se dedica a comer, paciendo con la boca a ras del suelo. Mastica lenta y concienzudamente, moviendo las mandíbulas de atrás hacia adelante.
Si bien en ambientes tranquilos se lo puede ver activo durante el día, es un animal de hábitos crepusculares y nocturnos y en zonas en que es muy perseguido sólo se aventura de noche. Algunos individuos son más mansos que otros, pero, en general, es posible mantenerlos en cautividad o semi-domesticidad.
En ciertas zonas de Venezuela, por ejemplo, no es raro observarlos de noche en los patios de las casas.

La convivencia en la manada

Tras una gestación relativamente prolongada -según distintos autores el promedio varía entre 122 y 153 días-, las crías (de una a siete) nacen en un estado de desarrollo avanzado, y a los pocos días están en condiciones de seguir a la madre. La hembra, que posee cinco o seis pares de pezones vientre laterales poco salientes, amamanta a los hijos hasta los cuatro meses. Lo hace de pie y con las crías acostadas a cada lado. No parece haber, posteriormente, entrenamiento ni cuidados especiales para con los hijos.
Las familias constituidas se mantienen, ya que los jóvenes acompañan a los padres tanto en el reposo como en la actividad.
Otros grupos familiares están compuestos por un macho y varias hembras, con o sin crías. De hábitos gregarios, el carpincho vive en manadas sedentarias y de tamaño variable según las estaciones. Integradas por individuos de ambos sexos y distintas edades, las manadas están originadas probablemente en una sola familia y responden a la necesidad impuesta por la dependencia de¡ animal con el cuerpo de agua que debe compartir. Parecen constituir
sociedades relativamente cerradas, con organización jerárquica e intolerancia por parte de los machos hacia los ejemplares de su mismo sexo pertenecientes a otras manadas o solitarios.
El número de individuos de cada manada es variable: en el Parque Nacional de El Palmar (Entre Ríos) y en la laguna La Brava (provincia de Buenos Aires) se han observado grupos de doce a treinta integrantes. Ojasti consigna que la media del tamaño de las manadas en Apure (Venezuela) varía entre seis y dieciséis individuos. En época de sequía es posible observar
-debido a la reducción del hábitat apto para la especie- agrupamientos de manadas que superan treinta miembros.
La distancia entre individuos varía entre cincuenta centímetros -cuando están en reposo- hasta cien metros, mientras pastorean, momento en que se registra la mayor dispersión. Durante los desplazamientos de las manadas, que se realizan en fila india, también se conservan las distancias. En éstos casos el pisoteo continuo va formando una zanja que, al profundizarse, llega a actuar como cauce de drenaje.
Dentro del área de acción del carpincho Azcárate reconoció tres tipos de lugares: uno de reposo, otro para bañarse y uno de pastoreo. Animales de una misma manada suelen superponer sus áreas, pero cuando individuos de una manada invaden el área de otra pueden producirse encuentros agresivos entre los machos, las hembras o los jóvenes. 
En general, las actitudes antagónicas tienen que ver con las relaciones jerárquicas y con las rivalidades sexuales momentáneas. Hay parejas, por ejemplo, que no toleran la presencia de ejemplares jóvenes en las proximidades y llegan a atacarlos con su poderosos incisivos. La comunicacióm entre individuos se establece a través de diversas señales: gritos, aullidos, saltos, erizamiento del pelo, etc.

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Cómo se alimenta

Esta singular adaptación del carpincho o "puerco de agua", según lo bautizó Linneo, llevó a algunos estudiosos de¡ siglo
pasado, como Humboldt y Buffon, a incluir peces en su dieta. Pero el carpincho es casi exclusivamente herbívoro. Y si bien
puede alimentarse de plantas acuáticas, prefiere las gramíneas ribereñas, seleccionando los pastos diminutos y tiernos.
También suele roer la corteza de los árboles, para lo cual está provisto de poderosos incisivos que -como en todos los
roedores- crecen continuamente, varios milímetros por semana, para compensar la abrasión a que se ven sometidos. Los
animales jóvenes son capaces de destruir cultivos de maíz y de caña de azúcar. Mantenidas en cautividad, las crías
pequeñas se alimentan con leche de vaca, pan, raíces, etc.

El pelaje

Aunque no hay suficiente información al respecto, se supone que el animal renueva su pelaje de tanto, en tanto, ya que éste,
se ve permanentemente afectado y desgastado por los restos de arcilla que le quedan adheridos después de los frecuentes
baños por el contacto con los matorrales en los que se refugia. De cualquier manera, el pelaje va variando con la edad,
llegando a ser más denso y más completo a partir de la edad juvenil. En el recién nacido, los pelos que cubren el dorso y los
flancos son cortos y rígidos, oscuros en los extremos y con una banda pardo clara en el centro, mientras los que cubren la
zona ventral son de un solo color: pardo claro. El pelaje del adulto está compuesto por pelos largos y aplanados, pardos y
rojizos; el pelo original sólo persiste en la parte superior del hocico y, a veces, en la frente. En ocasiones, el pelaje dorsal es
muy ralo y deja ver la epidermis marrón oscura, en oposición a la del vientre, que es clara.

Un hábitat compartido
El carpincho puede compartir un cuerpo de agua con vacas y caballos sin prestarles mayor atención. En ocasiones se lo ve también junto a yacarés -aunque éstos llegan a atacar a las crías en el agua-, y hasta permite que
algunas aves se posen sobre él y le registren el pelaje o lo utilicen como mirador para atrapar insectos. Los enemigos naturales del carpincho son el yaguareté, el ocelote y los cánidos, pero en la actualidad, y dada la virtual
desaparición de los grandes felinos, los principales depredadores son los perros y, fundamentalmente, el hombre. Cuando el carpincho es sorprendido lanza un grito -"una especie de gruñido sordo"... parecido al "primer ladrido ronco de un perro grande", según Darwin- y huye alborotadamente, escondiéndose en los pastizales altos, los matorrales o la vegetación acuática, o zambulléndose en el agua. Sí advierte de lejos la presencia de¡ hombre -y en condiciones en que está muy acosado es capaz de descubrirlo a través de un kilómetro de distancia - escapa lo más sigilosamente posible. Las hembras huyen primero, junto con los más jóvenes,
mientras los machos vigilan, lanzando voces de alarma o castañeteando los dientes, y resistiendo tenazmente si son acorralados. Parece ser que, por esta razón, los machos son capturados mucho más fácilmente que las hembras.
Temen mucho a los perros y escapan rápidamente frente a uno solo que les ladre.
Cuando se ven rodeados se defienden a mordiscones, pero, en general, en forma individual y poco eficiente. Los que más sufren la depredación son los animales jóvenes, que pueden ser abatidos por un solo perro.

 

El cortejo acuático 
El carpincho, cuyo ciclo vital alcanza alrededor de diez años, ya está preparado para la procreación entre el año y medio y los dos de vida. A primera vista es difícil distinguir el sexo, puesto que los genitales externos de machos y hembras están encerrados por el pliegue anal. Según algunos autores, el macho sería de mayor tamaño que la hembra; sin embargo, Ojasti registra un peso promedio mayor en las hembras que en los machos. Al macho se lo suele reconocer por una protuberancia sobre el hocico, llamativa en algunos ejemplares y muy poco desarrollada en otros. Se trata de una glándula -el morrillo- que crece a partir de un cierto peso del animal (entre 35 y 40
kg) y que está aparentemente relacionada con la marcación territorial. Entre los machos adultos tiene más de dos centímetros de altura, carece de pelo y está cubierta de una piel negra y brillante.
Otros signos de diferenciación son los incisivos, significativamente más anchos en los machos que en las hembras, y el color de¡ pelaje que cubre nalgas y bajo vientre, más oscuro en el macho. La dependencia del carpincho con el medio acuático incluye el momento del cortejo y la cópula. Cuando el macho comienza a perseguir a la hembra, olfateándole y tocándole la región genital, ella, sin alterar el paso y como indiferente, guía a su compañero hasta un cuerpo de agua, donde ambos se bañan. La hembra se zambulle varias
veces, desapareciendo de la superficie y alejándose del macho, que vuelve a buscarla. Finalmente, y en aguas de poca profundidad (menos de cincuenta centímetros), el macho cubre a la hembra, que puede sumergir la cabeza y elevar la cola mientras lanza breves chillidos. La cópula es breve, apenas unos pocos segundos. Luego ambos nadan y la repiten unas quince veces seguidas y hasta tres en un minuto.
No es raro que varias parejas copulen a la vez y en un mismo cuerpo de agua, produciéndose, de tanto en tanto, intercambios de compañero. Ocasionalmente, una hembra puede interferir los cortejos de una pareja, o un macho disputarle la hembra a otro.

Importancia ecológica y económica

Tanto por su carne, importante alternativa en el consumo de proteínas, como por su cuero, utilizado en marroquinería y tapicería y muy cotizado en Europa, el carpincho puede considerarse como un significativo recurso natural, lo que ha motivado una explotación irracional que afectó sensiblemente las poblaciones naturales, que se han visto muy mermadas en algunas zonas de Entre Ríos y Corrientes y en Uruguay. Abundante en las sabanas de Venezuela y Colombia, así como en el este de Paraguay, el pantanal del Matto Groso, la región boliviana del Beni y la cuenca amazónica, el carpincho se encuentra protegido en la Argentina en los parques nacionales El Palmar, lberá e lguazú y en la reserva natural Formosa.
En Venezuela y Colombia el interés fundamental reside en la carne, blanca y por lo general sabrosa, aunque ocasionalmente puede estar afectada por un cierto sabor a almizcle. Curiosamente, este tipo de carne es todavía muy poco consumida en Argentina y Uruguay, donde, en cambio, el carpincho ha sido perseguido -hasta casi llegar a su extinción en algunas zonas- por el valor comercial de su cuero, con el que se fabrican guantes, zapatos, cinturones, abrigos y artesanías.
Visto que no se lo puede considerar como un competidor serio del ganado por el forraje -lo es sólo en grandes manadas y en la estación seca- y que carece de enemigos naturales significativos, parecería lógico suponer que un manejo racional de sus poblaciones por parte del hombre puede transformar al carpincho en un recurso natural importante, que proporcione en forma rentable y continua carne para la alimentación humana en áreas poco propicias para la ganadería y productos primarios para marroquinería. A este respecto es interesante consignar el desarrollo que en Venezuela y Brasil tuvieron, en los últimos años, algunos proyectos de investigación tendientes a su explotación racional, tanto en estado salvaje como en cautividad o semi-domesticidad.

Historia (1860)

Siendo suscriptor de la Biblioteca Americana del Dr. D. A. Margariños Cervantes, leí con mucho interés el Tempe Argentino de D. Marcos Sastre, que tanto ha llamado la atención a los amantes de la literatura, y hoy he vuelto a leer con igual gusto la segunda edición, en que encuentro nuevas páginas, llenas de instrucción, de elocuencia y de verdad; pero lo que más me ha llenado de gozo mi alma, lo que más ha elevado a su altura son los Consejos de Oro sobre la Educación. Quiera el que todo lo puede, que todos lean, estudien, aprendan y practiquen cuanto de noble, santo y bello U. ha proporcionado a las madres y a los preceptores. Dios quiera que las madres de los argentinos pongan en acción los preceptos que U. establece para bien y provecho de ellas, de sus hijos y de la sociedad en general. Que los preceptores, verdaderos sacerdotes de la inteligencia, cumplan y observen los Consejos de oro, entonces, no hay que dudarlo, merecerán bien de la patria. La sociedad les agradecerá como agradecer y respetar deben todos a su autor.

La descripción del Delta del Paraná y Uruguay me trajo a la memoria un dicho de M. Bonpland. En 1842 me hallaba en el pueblo de San Borjas, uno de los siete de Misiones, donde Mr. Bonpland poseía una quinta, jardín botánico que él cultivaba por sus propias manos. Ponderando un día lo benigno del clima de las Misiones, lo productivo de su suelo, y sus exquisitas y abundantísimas frutas, añadió dirigiéndose a mí en tono festivo: "Sr. Cura, cuando Moisés prometió a los israelitas conducirlos a la tierra de promisión, no la conocía ni sabía en que parte del globo estaba esa tierra; pues si así no hubiera sido, habría marchado con su pueblo, sin descanso, hasta llegar a esta verdadera tierra de promisión, donde nos hallamos".

Entre los objetos de la historia natural que U. describe, ha atraído particularmente mi atención la capibara o carpincho, por haber tenido la oportunidad de observarlo muy de cerca y por mucho tiempo.

En el año de 1843 siendo cura de Bella Vista, compré por un real plata un carpincho mamoncito que, a juzgar por su pequeñez, tendría quince o veinte días. Principié en alimentarlo con leche de vaca, a los cinco meses estaba muy crecido, me seguía a todas partes, me acompañaba en mis paseos alrededor del pueblo y aun en las visitas que hacía a mis feligreses. Cuando en el tránsito encontraba verde y fresca gramilla, solía quedarse saboreando su alimento natural; mas al reparar que yo me había alejado unas cuadras, levantaba la cabeza, hacía una o más gambetas, acompañándolas con un resoplido, cual si estuviese en el agua, y a grandes saltos llegaba y se rozaba dando vueltas sobre mis pies, de tal modo que me privaba seguir caminando. Estas gambetas, vueltas y revueltas, cesaban cuando yo acariciándolo, le decía en vos alta.: Basta. Si por mi orden, algunos de mis sirvientes le impedía salir conmigo, el carpincho obedecía y quedaba cabizbajo, espiando la ocasión oportuna para la fuga. Rara era la vez que dejaba de conseguirlo, y entonces se presentaba en las casas donde otras veces él me había acompañado.

Todos mis feligreses, hasta los niños de la escuela, querían al carpincho; unos le daban pan, otras chipá (torta de maíz), quien dulce; y rara vez despreciaba el convite. Jamás siguió a otra persona más que a mí y a una sirvienta de color que cuidaba de su alimento.

También me acompañaba al baño, llevando sobre el lomo la ropa, sujeta por una cincha. Llegábamos al puerto, mas el carpincho no se movía de la orilla, hasta tanto que le aliviaba de su carga y entraba yo en el río. Entonces se arrojaba con estépido y continuos resoplidos. Era cosa digna de notarse, que cuando yo me zambullía, me esperaba en el mismo lugar donde yo salía, y nadando a mi lado regresaba a la orilla.

Ud. sabe que no hay, y añadiré, ni puede haber correntino que no sea un gran nadador. Las bellas y generosas correntinas también hacen de ello alarde, y tanto, que he visto a muchas hijas de Goya, de Bella Vista, y de la Capital, vadear el río Paraná y regresar casi sin descansar en la orilla opuesta que pertenece al Chaco. Todos a la vez, invitaban al carpincho, lo acariciaban y aún lo obligaban a nadar con ellos; pero jamás lo hizo, permaneciendo siempre a mi lado y nadando alrededor. Quedaba en el río mientras yo me vestía; mas viendo que doblaba la sábana, salía a recibir su pequeña carga, marchaba adelante y me esperaba en la puerta de mi habitación, tendido de largo a largo. Ya la sirvienta le había quitado la ropa y entonces recibía un chipá que devoraba en dos minutos.

En un viaje que hice a la ciudad de Corrientes, me embarqué con el carpincho y lo hacía dormir en la cámara. Al segundo día de navegación, el viento contrario nos obligó a tomar puerto, y luego el patacho estuvo asegurado con un cable a un corpulento sauce, rozando su costado con la barranca, un poco más baja que el casco del buque. Salto yo sin la plancha a tierra, siguiéndome el carpincho, que muy luego desaparece entre el follaje. Dos largas horas habían transcurrido; el sol se aproximaba al ocaso, y mi carpincho no volvía. Poco después un marinero, que desde lo alto del palo mayor observaba la costa, me gritaba: "El carpincho se ha reunido con una piara de carpinchos". Regreso en el acto al buque, subo a la cofa o cruz del palo mayor y le llamo a gritos. El carpincho oye mi voz, la reconoce, deja la compañía de su especie, y ufano y corriendo a grandes saltos por la masiega, llega, salta sobre la cubierta, y mirando a lo alto, esperó a que yo descendiera.

Continuaré refiriendo cuanto he observado en mi carpincho doméstico, durante cuatro años, hasta dejarlo en poder del Jefe de la escuadra inglesa en el Plata, Mr. Hotham, quien lo condujo a Inglaterra. Entonces el carpincho era corpulento, manso cual un perro faldero, sufrido como un cordero. Este animal semianfibio se reduce con suma facilidad a la domesticidad, a la que se presta de suyo, sin esfuerzo de parte del hombre, come de todo, carne cocida, legumbres, gusta mucho de la mandioca y batata; pero jamás vi a mi carpincho comer carne cruda ni pescado. No era glotón; por el contrario era parco; no despreciaba jamás el dulce, y tanto era así, que recibiendo en los postres su parte, pronto la concluía y saboreándose volvía por otra. Testigo Mr. Hotham que, enamorado y admirado de su mansedumbre y de sus cualidades, le llamaba, y luego que estaba a su lado, le ofrecía con su propia mano, colocando sobre la palma, el dulce que el carpincho comía con pulidez.

Los empeños de la amistad consiguieron que cediese mi carpincho, para regalárselo a Mr. Hotham. Yo mismo lo conduje a bordo, donde hallé una casita de madera, pintada al óleo, dispuesta para hospedar al carpincho, dividida en tres separaciones; una con arena, la segunda con su alfombra de triple, la tercera de dos varas y tres cuartas de largo. Por los periódicos de aquella época, supe que Mr. Hotham regresó a su patria; pero nada puedo decir a U. sombre mi carpincho desde entonces.